El Color del Olvido
Lo que se desprendeWhat Comes Undone
Caminar por las calles del centro histórico de Colima es recorrer una ciudad que se deshace en silencio. Fundada en 1525, la ciudad conserva en sus barrios antiguos un patrimonio arquitectónico que nadie demolió pero que nadie sostuvo — y que el tiempo, los sismos y el abandono han ido desmontando con una paciencia que nosotros no tuvimos para preservarlo.
En 1985, un polígono de 1.32 km² fue designado como centro histórico. La protección existe en el papel. En las calles, los muros cuentan otra historia: capas de pintura que se desprenden, revelando capas anteriores; aplanados que caen, dejando el ladrillo expuesto; puertas que llevan años sin abrirse. Cada fachada es un registro involuntario del tiempo — un archivo cromático del olvido donde los colores no se eligen, se heredan y se pierden.
Fotografiar estas fachadas es documentar lo que ocurre cuando una ciudad deja de mirarse a sí misma. Los esfuerzos de restauración han llegado tarde, carecen de recursos suficientes y no involucran a quienes aún habitan estos espacios. Mientras tanto, el deterioro avanza con la naturalidad de quien sabe que nadie lo observa.
El color del olvido no pretende denunciar ni romantizar la ruina. Propone detenerse frente a lo que todos los días se camina de largo — mirar las texturas, los colores, las grietas — y reconocer en esos muros la memoria material de una ciudad que se olvida de sí misma mientras todavía está habitada.
To walk the streets of Colima’s historic center is to move through a city that is coming undone in silence. Founded in 1525, the city still holds in its old neighborhoods an architectural heritage that no one demolished but no one sustained — and that time, earthquakes, and neglect have been dismantling with a patience we never had for its preservation.
In 1985, a 1.32 km² polygon was designated as a historic district. The protection exists on paper. In the streets, the walls tell a different story: layers of paint peeling away to reveal earlier layers, plaster falling to expose bare brick, doors that have not opened in years. Each facade is an involuntary record of time — a chromatic archive of forgetting where colors are not chosen but inherited and lost.
To photograph these facades is to document what happens when a city stops looking at itself. Restoration efforts have arrived late, without sufficient resources, and without involving those who still inhabit these spaces. Meanwhile, deterioration advances with the ease of someone who knows no one is watching.
El color del olvido does not seek to denounce or romanticize ruin. It asks us to pause before what we walk past every day — to look at the textures, the colors, the cracks — and to recognize in those walls the material memory of a city forgetting itself while it is still inhabited.















